Cartas de Cristo
La Soledad de Jesús ante Su Crucifixión
La Soledad de Jesús ante Su Crucifixión
La Canal comenta:
“Esta es una narración de los sucesos que precedieron la crucifixión de Jesús. Nos revelan que, debido a los temores sobre la crucifixión que se le iba acercando y la actitud de sus discípulos ante este suplicio, a Él mismo le pillaron emocionalmente contrapié con frecuencia. Al llegar la hora de la Última Cena, es claro que Jesús no la presidió muy contento. Su corazón estaba fuertemente agobiado por el hecho de que el discípulo Juan, estaba recontando con entusiasmo los eventos terroríficos que dieron lugar a la escapada de los Israelitas de Egipto y la matanza de todos los primogénitos egipcios. Los demás discípulos estaban igualmente involucrados en el drama, totalmente inconscientes del hecho de que, cualquier tipo de asesinato fue odioso para su líder, Jesús.
Aquí tienes la verdad referente al mandamiento de Jesús sobre el romper del pan y el beber del vino para conmemorar su fallecimiento. Sentía que habían aprendido poco de Sus Verdaderas Enseñanzas y que la referencia a la sangre con el vino podría hacer una impresión duradera en sus mentes.
Es triste aprender lo muy sólo que estaba Jesús durante Sus últimas horas con Sus discípulos. También queda muy claro por qué Le abandonaron después de Su arresto. Se había abierto una ruptura entre los discípulos y Jesús”.
CRISTO dice.
“Mis discípulos avergonzados por lo que había hecho, sigilosamente dejaron la escena y se escondieron entre los callejones a alguna distancia del Templo. Cuando, más tarde, regresaron a donde yo estaba, demostraron claramente que estaban profundamente molestos por mis actos, se preguntaron si había perdido el juicio, vuelto loco, profetizando mi muerte y luego haciendo aquellas mismas cosas que probablemente la provocaría. Fue en este momento que Judas, quien nunca se había verdaderamente deshecho de sus creencias Judías, empezó a dudar de que yo fuera el Mesías después de todo. Llevaba tres años enseñando al pueblo y no había una disminución del dominio Romano. Tres años y la gente no estaba más cerca de la felicidad que les había prometido. Y ahora parecía que estaba a punto de convertirme en un perturbador de la paz – trayendo la ira de Roma sobre sus cabezas.
Se enteró que el Sumo Sacerdote Judío quería deshacerse de mí y por tanto ofreció sus servicios para identificar a mi persona cuando así se requiriera.
Cuando era hora de celebrar la Pascua con mis discípulos, planeé cenar todos juntos en un gran salón. Sabía que sería la última vez que comería alimento en la tierra. No deseo volver profundamente a la consciencia de aquella noche.
Sentía gran tristeza por dejar a mis discípulos quienes me habían servido tan bien. Con mi tristeza volvieron todos mis temores y conflictos. Pasé momentos de profunda y emocional lástima por mi mismo. Sentí que nadie comprendía todo lo que había intentado hacer para mi pueblo y el sacrificio que estaba dispuesto a hacer por ellos.
Juan estaba dando una vívida narración de la historia de la última noche de los Israelitas en Egipto antes de escapar al desierto. Hablaba de las instrucciones de Moisés al cabeza de cada familia, de que matasen un cordero sin mancha, de cocinarlo de cierto modo y con la sangre pintar los dinteles de las moradas Israelitas, porque aquella misma noche, vendrían los ángeles a matar a los hijos primogénitos y al ganado de los Egipcios. Con gran entusiasmo, recordó el alboroto de los egipcios que al despertar encontraron el primogénito de cada hogar ensangrentado. Ninguno se salvó.
Era la clase de historia horrible que rechazaba por no tener ningún valor para la persona que buscaba la Verdad espiritual más alta. Me preguntaba cuánto realmente habían entendido mis discípulos cuando hablaba de su ‘Padre Celestial’ y Su Amor por toda la humanidad.
¿Cómo podían entusiasmarse con el pensamiento de los ‘ángeles’ matando a los primogénitos de los Egipcios cuando se les había dicho con toda claridad que ‘Dios,’ el ‘Padre’ era Amor. Pero los judíos siempre se habían preocupados por el derramamiento de sangre para expiar sus pecados.
Incluso Abrahán, el fundador de la nación Israelita, se convenció de que debía llevar a su único hijo al desierto y matarle y ofrecerle como sacrificio a Dios. ¡Un pensamiento pagano y repugnante! Pensé en los sacrificios de animales en el Templo. Amando a todos los seres vivos como lo hacia, esta práctica era una abominación para mí. Y ahora estaba a punto de ser llevado a la muerte porque me había atrevido a pronunciar palabras de la Verdad. Y cuando consideraba lo poco que había conseguido en transmitir mi conocimiento, ¡me preguntaba por qué se me había confiado tal misión!
Sentí un espasmo momentáneo de resentimiento y enfado entretejiendo mis sentimientos habituales hacia estos hombres.
Con algo de cinismo, me preguntaba qué recuerdo eficaz podría dejarles, para volver a traer a sus mentes todas mis enseñanzas cuando ya no estuviera con ellos. Si podían olvidar tan rápidamente todas mis enseñanzas sobre el ‘Amor del Padre’ y disfrutar la historia horrible de la Pascua , mientras todavía estaba en la habitación con ellos – ¿cuánto recordarían cuando muriese como un ‘malhechor’ en la cruz, la más ignominiosa de las muertes?
Luego, se me vino a la mente que si el ‘derramamiento de la sangre’ tanto les conmovía, ¡les daría sangre por la cual me podrían recordar!
Con estas reflexiones irónicas, cogí un pan; lo partí y lo pasé a mis discípulos diciéndoles que lo comiesen. Comparé el partir el pan con el futuro quebrado de mi cuerpo, y les pedí que repitiesen el ‘partir el pan y su distribución’ como medio de recordar el sacrificio de mi cuerpo para traerles la VERDAD - la Verdad acerca de DIOS y la Verdad acerca de la vida y la Verdad acerca del Amor.
Dándose cuenta de que estaba de un humor extraño, dejaron de comer escuchando, tomaron el pan y lo comieron en silencio.
Luego tomé una copa de vino y se la pasé, diciendo que cada uno debía beber de ella puesto que era símbolo de mi sangre que pronto sería derramada porque me había atrevido a traerles la Verdad de la Existencia.
Vi que algunos se conmovieron al cortárseme la voz. Sobriamente, cada uno lo probó y luego pasó la copa a la persona a su lado. Pero todavía no decían nada. Percibían que hablaba en serio y que ya no toleraba más discusiones.
Luego les conté que uno entre ellos me traicionaría.
(En secreto, comprendí sus motivos y sabía que era una pieza necesaria de la futura secuencia de sucesos. Simplemente cumplía con el papel que su naturaleza le había incitado a hacer.)
Al mencionar que uno de ellos me traicionaría, le dije a Judas que se marchara a hacer rápidamente lo que tenía que hacer; los discípulos cobraron vida, preguntándose si realmente esta era su última cena conmigo.
Ya había mucha congoja emocional. Preguntas, incluso recriminaciones por haberles metido en una trampa. De nuevo, se preguntaron qué clase de posición tendrían en la comunidad si yo fuera crucificado. Serían objeto de burla, decían discutiendo. Nadie volvería a confiar en lo que dijeran.
Profundamente entristecido por su respuesta egoísta ante mi apuro les aseguré que no tenían que temer por su propia seguridad, Me abandonarían y no habría conexión entre ellos y mi crucifixión. Después de mi muerte les sugerí que se dispersaran y volviesen a Galilea.
Pedro se conmovió profundamente y reaccionó con vehemencia negando que jamás me abandonara, pero por supuesto lo hizo”.
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Valerie Melfi
Encargada de Expansión del CAMINO de CRISTO
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